
Capítulo 8: Pero aquella noche no quería cumplir las normas.
''Narra Justin''
Miré la hora por segunda vez en menos
de media hora. Emma aún no había subido y estaba empezando a dudar
si iba a hacerlo o no. Suspiré mientras volvía a mirar mi reloj que
marcaba las 23:58. Un par de minutos después noté como alguien
rozaba mi brazo y se colocaba a mi lado. Giré mi cabeza y me
encontré con Emma. Esbocé una amplia sonrisa y ella me imitó un
segundo después. Al fin había aparecido. Ella miró al frente un
segundo para luego volver a encontrarse con mi mirada, que no se
había apartado de ella.
–Pensé
que no ibas a subir –dije mirándola fijamente.
–Tuve
que llamar a mi madre –hizo una mueca con sus labios haciendo que
mis ojos bajaran rápidamente hasta ellos. Giré mi cabeza y miré al
frente– ¿Llevas mucho tiempo aquí? Lo sient...
–No
importa –sonreí mientras me encogía de hombros– tampoco llevo
tanto.
Ella
sonrió y miró al frente también. Se produjo un silencio incómodo
que duró unos largos segundos. Emma se giró y apoyó sus codos en
la barandilla haciendo que se quedara de espaldas mirando a la
puerta. Giré mi cabeza para observarla con la mirada perdida. Lamió
sus labios y me miró después de unos segundos.
–Te
notas cansado –dijo. Y lo estaba.
–Pero
no puedo dormir.
–¿Por
qué?
–No
sé, me suele pasar muchas noches... Me pongo a pensar más de lo que
debería y no puedo dormir.
–Deberías
descansar...
–Lo
sé.
Bufé
mirando de nuevo al frente. Emma se separó y se dirigió a la
puerta. ¿Se iba? Me giré extrañado y la vi apoyar el pie en una
barandilla para luego impulsarse y montarse en el techo de una
pequeña caseta. ¿Como había hecho aquello? Estaba alto.
Fruncí el ceño y ella comenzó a reír haciendo que sin darme
cuenta acabara sonriendo.
–¿No
puedes subir? –dijo ella retándome con la mirada. Elevé una ceja
y me acerqué hacía ella.
–Claro
que puedo.
Ella
carcajeó y me observó como subía. La verdad, es que me había
costado un poco, no sabía como ella podía subirse con tanta
facilidad. Cuando conseguí subir al techo le miré mientras con mis
manos tiraba del cuello de mi camiseta con aires de superioridad. Emma rodó sus ojos y
comenzamos a reír los dos. Ella miró al frente, desde allí se
podía ver bien aquel edificio que vimos por la ventanilla del coche.
Era alto y hermoso. Destacaba mucho. El viento movía el pelo de Emma
dejándome ver parte de su nuca. Fruncí el ceño al ver una pequeña
marca. Me acerqué hacia ella y me senté a su lado colocando mis
brazos sobre mis rodillas.
–No
sabía que tenías un tatuaje en la nuca.
–Tengo
tres tatuajes –dijo ella encogiéndose de hombros. Me eché un poco
hacia atrás para poder volver a ver el tatuaje.
–¿Y
qué significa? –pregunté observando la pluma que se desvanecía formando pequeños pájaros.
–Libertad.
–¿Dónde
tienes los demás?
Ella
dudó un segundo, pero acabó enseñándome su muñeca, o parte de
ella. Allí tenía un tatuaje un poco más pequeño. Había pequeñas
líneas formando un camino rodeado de pequeñas mariposas que
llegaban hasta el principio de la muñeca, pero no me dejaba verlo
entero, ya que estaba tapado por pulseras. Le miré, pero ella
corriendo apartó su mano y se colocó bien las pulseras.
–¿Qué
significa ese? –pregunté un poco extrañado.
–Te
lo contaré... algún día. Y éste –dijo cambiando de tema y
señalándome otro tatuaje– fue el tercero, me lo hice el año
pasado.
–Éste
me gusta. Es por tu afición al baile, ¿no? –sonreí.
Ella
asintió con su cabeza mientras me miraba sonriente. Miré un segundo
su hombro descubierto. Se había echado la camiseta hacía abajo y se
había apartado el pelo para que pudiera ver bien su tatuaje. Yo
estaba un poco más atrás, recorriendo con mi mirada desde su hombro
hasta sus ojos, deteniéndome un segundo antes en sus labios. Ella se
colocó bien interrumpiendo mis pensamientos y me volví a sentar a
su lado.
–Vamos,
quiero llevarte a un sitio –dije después de unos minutos en
silencio.
No
la dejé contestar, la agarré del brazo y la ayudé a bajar. La
llevé a su habitación para que se cambiara y yo fui a la mía para
ponerme el bañador. Cuando terminé volví a subir a su habitación
y llamé para segundos después abrirme sonriente. Cruzamos el
pasillo y entramos en el ascensor, para después salir al vestíbulo.
Con cuidado de que nadie nos viera entramos en la piscina, a esa hora
no podía bañarse nadie. Pero aquella noche no quería cumplir las
normas.
–Justin,
no podemos bañarnos.
–Nadie
se va a enterar.
–Pueden
vernos.
La
miré un segundo fijamente a sus ojos chocolates y ella sonrió
mientras se quitaba sus zapatos y luego bajaba sus pantalones cortos
por sus delgadas piernas. Mordí mi labio inferior y me quité mi
camiseta intentando no mirar más. Cuando ella se quitó toda la ropa
subimos a la tirolina. Me agarré fuerte y me lancé para después
tirarme al agua cuando había llegado a media piscina. Unos segundos
después de caer subí a la superficie y me giré buscando a Emma,
pero ella seguía agarrada a la tirolina, aún no se había tirado.
–¡Salta!
–dije.
–¡No
puedo!
–Claro
que puedes. Vamos, ¡salta!
–Vale...
una, dos... ¡ay! No, no puedo.
–¡Salta,
Emma! ¡Hazlo ahora! –dije riendo divertido desde el centro de la
piscina.
Emma
cerró sus ojos un segundo y luego se lanzó deslizándose por la
cuerda hasta llegar a donde yo me encontraba. Se soltó y cayó al
agua. Comencé a reír y esperé a que ella subiera a la superficie.
Ella comenzó a reír y nadando llegamos hasta el bordillo. Emma
seguía riéndose y siempre acababa haciéndolo yo también. Nos
agarramos al bordillo y allí estuvimos unos minutos hablando, esta
vez, sobre mis tatuajes. Nos quedamos en silencio después de aquella
conversación, y miré al fondo de la piscina, donde había una
especie de cascada y detrás un foco que alumbraba el agua que caía.
Era hermoso. Volví a mirar a Emma y coincidí con su mirada. Esbocé
una sonrisa y un segundo después ella me imitó. Sin decir nada, sin
dejar de sonreír y sin dejar de mirarnos nos fuimos acercando poco a
poco.
–¿Quién
hay ahí? –preguntó alguien señalando la piscina con una
linterna.
Agarré
a Emma y nadamos hasta la otra parte de la piscina. Salimos por el
bordillo y corriendo cogimos nuestra ropa y nos adentramos de nuevo
en el hotel ante la atenta mirada de todos los que se encontraban en
el vestíbulo a esa hora, que gracias a Dios no había mucha gente.
Entramos en el ascensor después de esperar unos segundos a que
bajara. Miré a Emma y me encogí de hombros, para segundos después
estallar a carcajadas.
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