jueves, 1 de agosto de 2013

Capítulo 8: Pero aquella noche no quería cumplir las normas.


Capítulo 8: Pero aquella noche no quería cumplir las normas.

''Narra Justin''

Miré la hora por segunda vez en menos de media hora. Emma aún no había subido y estaba empezando a dudar si iba a hacerlo o no. Suspiré mientras volvía a mirar mi reloj que marcaba las 23:58. Un par de minutos después noté como alguien rozaba mi brazo y se colocaba a mi lado. Giré mi cabeza y me encontré con Emma. Esbocé una amplia sonrisa y ella me imitó un segundo después. Al fin había aparecido. Ella miró al frente un segundo para luego volver a encontrarse con mi mirada, que no se había apartado de ella.

–Pensé que no ibas a subir –dije mirándola fijamente.
–Tuve que llamar a mi madre –hizo una mueca con sus labios haciendo que mis ojos bajaran rápidamente hasta ellos. Giré mi cabeza y miré al frente– ¿Llevas mucho tiempo aquí? Lo sient...
–No importa –sonreí mientras me encogía de hombros– tampoco llevo tanto.

Ella sonrió y miró al frente también. Se produjo un silencio incómodo que duró unos largos segundos. Emma se giró y apoyó sus codos en la barandilla haciendo que se quedara de espaldas mirando a la puerta. Giré mi cabeza para observarla con la mirada perdida. Lamió sus labios y me miró después de unos segundos.

–Te notas cansado –dijo. Y lo estaba.
–Pero no puedo dormir.
–¿Por qué?
–No sé, me suele pasar muchas noches... Me pongo a pensar más de lo que debería y no puedo dormir.
–Deberías descansar...
–Lo sé.

Bufé mirando de nuevo al frente. Emma se separó y se dirigió a la puerta. ¿Se iba? Me giré extrañado y la vi apoyar el pie en una barandilla para luego impulsarse y montarse en el techo de una pequeña caseta. ¿Como había hecho aquello? Estaba alto. Fruncí el ceño y ella comenzó a reír haciendo que sin darme cuenta acabara sonriendo.

–¿No puedes subir? –dijo ella retándome con la mirada. Elevé una ceja y me acerqué hacía ella.
–Claro que puedo.

Ella carcajeó y me observó como subía. La verdad, es que me había costado un poco, no sabía como ella podía subirse con tanta facilidad. Cuando conseguí subir al techo le miré mientras con mis manos tiraba del cuello de mi camiseta con aires de superioridad. Emma rodó sus ojos y comenzamos a reír los dos. Ella miró al frente, desde allí se podía ver bien aquel edificio que vimos por la ventanilla del coche. Era alto y hermoso. Destacaba mucho. El viento movía el pelo de Emma dejándome ver parte de su nuca. Fruncí el ceño al ver una pequeña marca. Me acerqué hacia ella y me senté a su lado colocando mis brazos sobre mis rodillas.

–No sabía que tenías un tatuaje en la nuca.
–Tengo tres tatuajes –dijo ella encogiéndose de hombros. Me eché un poco hacia atrás para poder volver a ver el tatuaje.
–¿Y qué significa? –pregunté observando la pluma que se desvanecía formando pequeños pájaros.
–Libertad.
–¿Dónde tienes los demás?

Ella dudó un segundo, pero acabó enseñándome su muñeca, o parte de ella. Allí tenía un tatuaje un poco más pequeño. Había pequeñas líneas formando un camino rodeado de pequeñas mariposas que llegaban hasta el principio de la muñeca, pero no me dejaba verlo entero, ya que estaba tapado por pulseras. Le miré, pero ella corriendo apartó su mano y se colocó bien las pulseras.

–¿Qué significa ese? –pregunté un poco extrañado.
–Te lo contaré... algún día. Y éste –dijo cambiando de tema y señalándome otro tatuaje– fue el tercero, me lo hice el año pasado.
–Éste me gusta. Es por tu afición al baile, ¿no? –sonreí.

Ella asintió con su cabeza mientras me miraba sonriente. Miré un segundo su hombro descubierto. Se había echado la camiseta hacía abajo y se había apartado el pelo para que pudiera ver bien su tatuaje. Yo estaba un poco más atrás, recorriendo con mi mirada desde su hombro hasta sus ojos, deteniéndome un segundo antes en sus labios. Ella se colocó bien interrumpiendo mis pensamientos y me volví a sentar a su lado.

–Vamos, quiero llevarte a un sitio –dije después de unos minutos en silencio.

No la dejé contestar, la agarré del brazo y la ayudé a bajar. La llevé a su habitación para que se cambiara y yo fui a la mía para ponerme el bañador. Cuando terminé volví a subir a su habitación y llamé para segundos después abrirme sonriente. Cruzamos el pasillo y entramos en el ascensor, para después salir al vestíbulo. Con cuidado de que nadie nos viera entramos en la piscina, a esa hora no podía bañarse nadie. Pero aquella noche no quería cumplir las normas.

–Justin, no podemos bañarnos.
–Nadie se va a enterar.
–Pueden vernos.

La miré un segundo fijamente a sus ojos chocolates y ella sonrió mientras se quitaba sus zapatos y luego bajaba sus pantalones cortos por sus delgadas piernas. Mordí mi labio inferior y me quité mi camiseta intentando no mirar más. Cuando ella se quitó toda la ropa subimos a la tirolina. Me agarré fuerte y me lancé para después tirarme al agua cuando había llegado a media piscina. Unos segundos después de caer subí a la superficie y me giré buscando a Emma, pero ella seguía agarrada a la tirolina, aún no se había tirado.

–¡Salta! –dije.
–¡No puedo!
–Claro que puedes. Vamos, ¡salta!
–Vale... una, dos... ¡ay! No, no puedo.
–¡Salta, Emma! ¡Hazlo ahora! –dije riendo divertido desde el centro de la piscina.

Emma cerró sus ojos un segundo y luego se lanzó deslizándose por la cuerda hasta llegar a donde yo me encontraba. Se soltó y cayó al agua. Comencé a reír y esperé a que ella subiera a la superficie. Ella comenzó a reír y nadando llegamos hasta el bordillo. Emma seguía riéndose y siempre acababa haciéndolo yo también. Nos agarramos al bordillo y allí estuvimos unos minutos hablando, esta vez, sobre mis tatuajes. Nos quedamos en silencio después de aquella conversación, y miré al fondo de la piscina, donde había una especie de cascada y detrás un foco que alumbraba el agua que caía. Era hermoso. Volví a mirar a Emma y coincidí con su mirada. Esbocé una sonrisa y un segundo después ella me imitó. Sin decir nada, sin dejar de sonreír y sin dejar de mirarnos nos fuimos acercando poco a poco.

–¿Quién hay ahí? –preguntó alguien señalando la piscina con una linterna.


Agarré a Emma y nadamos hasta la otra parte de la piscina. Salimos por el bordillo y corriendo cogimos nuestra ropa y nos adentramos de nuevo en el hotel ante la atenta mirada de todos los que se encontraban en el vestíbulo a esa hora, que gracias a Dios no había mucha gente. Entramos en el ascensor después de esperar unos segundos a que bajara. Miré a Emma y me encogí de hombros, para segundos después estallar a carcajadas. 

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